Oswaldo Viteri, la autoafirmación del valor
Siempre terminan por encontrarse en los cruces del camino, de aquellos que raramente pueblan las cimas de las montañas, los contrarios radicales que causan oposición a aquello que nos ahuyenta. Sé que es verdad. Empiezas comiendo sopa con el abogado más iletrado de la tierra y de por la mera oposición terminas por encontrarte con alguien que valga la pena. Es decir, que los pesados cuerpos del pensamiento dentro de la manera en la que se entienden según las culturas solo pueden generar un máximo de estupidez, y siempre es mejor empezar por esta para terminar por elucidar quien representase dignamente el conglomerado en cuestión.
Yo me negué rotundamente a proyectar en una de mis páginas la visión del mundo de una señora llamada Breen que ostenta café a aires turísticos en esta muy digna ciudad porque había colocado un cuadro en el centro de algún muro donde un toro mata al torero. Era un cuadro bastante malo, por cierto, de Ariel Dawi, argentino instalado en mi vecindario y vendiendo bien entre las señoras aburguesadas de origen germánico que se las dan, de vez en cuando, de críticas de arte. No por nada, pero resultaba altamente ofensivo y eso sin tener que recurrir a orígenes hispánicos. Zapata fue borrado de mi panteón personal al representar con excesiva habilidad una conquista española muy deformada donde el verdugo hispánico se encontraba siempre con un encandilado e inocente indígena bañado en frutos y flores. Evidentemente vende muy bien en Francia no sea nada más que por eso, pero a mi me parecía en exceso simplista el contenido conceptual.
Guayasamín sigue mereciendo mi más profunda admiración porque los cuerpos se juntan sin fundirse, lo que hace de lo erótico algo casi místico, que tampoco falta del resto de las representaciones. No es porque sea místico, sino porque lo místico no es material y es muy difícil guardarlo en pincelazos. Es decir que hay que agarrarlo de algún modo, traducirlo de otro y encima, pretender a que se comprenda por el que finalmente solo se confronta a un conjunto de colores y volúmenes cuando mira un cuadro.
Estimo que lo más difícil tiene más valor porque es más difícil, y francamente, pintar la réplica de un árbol no me parece precisar de un excesivo talento y, al final, quizá le convenga más una foto que indique claramente que es un árbol, y nada más.
Siempre se le puede sacar lo malo a algo y como comentaba en algún otro lugar, hacer de ello ideología, reivindicación o protesta. El problema del arte es que se quiere estética y que la estética de por su referencia a lo bello, obliga a situarse desde una perspectiva donde sea al menos posible eso mismo, lo que la fundamenta. Claro que puede ser bella la protesta, la ideología o la reivindicación, pero hay que ser muy cristiano para poder sacarle belleza a las llagas que te llevan a la muerte. Imposible no es, pero en todo caso, bastante difícil.
Se puede considerar el toreo como un vulgar asesinato de toros. Consideración que obliga a plantearse si todavía se puede hablar de asesinato cuando se habla de toros y no de personas, y es, precisamente, la falta de esclarecimiento del concepto lo que crea una sensación de puro aburrimiento cuando se contempla algo que se quiere referir a su elucidación. Si la figura estilizada del torero confrontándose a una masa de carne de 500 kilos pudiera simbolizar algo, entonces simbolizaría la confrontación a la muerte, o, aun peor, le dije a un griego, al amor mismo que en el fondo, nos aterra más que la muerte. El mismo tema, que es un toro y un torero, puede ser pues tratado de muy diversas maneras, y presumo que el trabajo conceptual anterior o la profundidad de lo que se capta intuitivamente, es lo que finalmente termina por reflejarse en una imagen que no hace nada más que plasmar la reflexión o la respuesta intuitiva.
La Conquista es otro tema terrible de por el trato del que ha sido objeto, y dentro de todo, yo siempre me digo que si algún viento llevó a ciertas gentes a un lugar y estos se atrevieron a decir que todo era suyo y los otros se lo creyeron, alguna razón tendría. Por muy malo que sea algo, dices que algo bueno dejaría. Y si no lo dejó, al menos lo prometió para que lo dejen otros.
Yo personalmente diría, con ciertos tintes irónicos, admito, que lo español solo deja eso: la clara diferencia entre el asesinato y la puesta a muerte, entre la ejecución y el sacrificio. Cuando se habla bien el español, nadie asesina jamás a un conejo y lo que sigue a sentencia, no es asesinato tampoco. Son casi lirios superpuestos en una intrínseca belleza de diferenciación que tiene la ventaja de permitir que las gentes se entiendan cuando falla todo el resto. Lo tomas o lo dejas. Dices también.
No le quita nada a lo indígena que deja finalmente que las almas se escapen a través de los árboles en forma de pájaros chohui. Por qué no. Si a lo español le falta el alma, a lo indígena le sobra, y si a este le falta la definición, a aquel le sobra. Independientemente de las luchas, guerras y batallas que se forjan alrededor del deseo innato de imponerse sobre otros, en tanto que raza, cultura o lengua, es siempre posible pensar que del choque entre diferentes modos de ver surja algo cuya belleza valga la pena decirse. Claro que hay que pensar mucho. Y eso le diera realidad a lo que se dice. No, es que tú, le dije a Marcela Rodríguez, que tanto te levantas contra lo español, tienes una tez más blanca que la mía, y por decir, decir, ni quichua hablas.
Son reflexiones a ráfagas. Desde mi punto de vista personal prefiero los colores indígenas y los pájaros chohuí a los malabares definicionistas españoles aunque admito que a veces también echo de menos estos.
Hay una inocencia que perdemos en un momento dado de nuestra humana historia y lo tonto es pretender poder volver a ella simplemente por el hecho de compartir la misma configuración ósea.
Hay una tensión que se hace concepto cuando alguien pretende poder oponerse al toro. Se puede decir de muchas maneras. Incluso a golpe de acuarela que dibuja un caballo. Es obvio que para poder plasmar esa tensión en una obra de arte, tienes que haberla vivido y eso ya da muchos puntos sobre otros que simplemente escurren el bulto y pretenden poder reivindicar amores cuando todavía ni tan siquiera lo han visto de frente. Es decir. Que es muy fácil gritar que uno daría la vida por no sé que causa pero cuando llega el momento sale todo el mundo corriendo, normalmente. Hay otros que no gritan tanto y cuando llega el momento se plantan ahí, sencillamente, esperando a que pase la borrasca que pudiera arrancarte la existencia. Los hay incluso que lo hacen con elegancia, en traje de luces, como quien no quiere perder la compostura en tan graves momentos. La disposición interna es lo que se refleja en una obra y dependiendo de su profundidad es ejemplo en lo que gira la mirada hacia realidades que escapan a la mayoría. Los hay que quieren que su puro narcisismo desequilibrado y egoista sea una lección para muchos, incluso para todos, y los hay que compran semejante pretensión.
Es cierto que termina por aburrir y como no vale, pierde hasta el precio con el tiempo.
Porque no vale, lo que obliga a plantearse la cuestión del valor de nuevo.
Y soy porque tú me reconoces, o valgo por lo que soy? Entre el formalismo social y la autodesignación del precio se escribe una de las más tenaces quejas de la humanidad. Este, porque ha ido a tal escuela, ha tenido tal maestro, ha expuesto en tal lugar, ha sido comprado por tal, y aquel porque dice: tanto, y si lo quieres lo compras y si no quieres, pues no lo compras. A aquel le dicen que tiene el derecho adquirido de vender a tanto y el otro se pone precio a su cabeza solo y sin el permiso de nadie.
Más o menos es ahí donde se sitúa Oswaldo Viteri. Sin escuela, sin maestro, sin galería ni galerista, sin museo ni agente que te diga exactamente qué decir cuando y cómo, te dice en su casa que ese, justo ese cuadro, vale para la proyección imposible de un alguien que viniese salido de mi propia fantasía, … tanto. Yo se lo compraré cuando crezca. Por eso solamente.
Soy yo quien vendo, y en el fondo pienso lo mismo, si quieres lo compras y sino lo dejas, y tú, y menos tú, me vas a decir lo que valgo.
Le dije a Hikmet que ese cuadro valía 25.000 FF de la época porque era muy peculiar, y que poniendo ese precio, no lo compraría nadie, y finalmente se vendió a 5.000 FF cuando ya no había nada para comer en la cacerola.
Todo tiene una historia.
Desde un punto de vista objetivo dices: yo no sé qué pensar de un modo de retratar que me recuerda más a ciertos dibujos de tiras cómicas de por su simplicidad y que pues falta de volumen. Y luego dices que casa un modo de ver más arcaico y menos personalizado, es decir, que junta elementos indígenas en su generalización con elementos particularizantes, como si, ves, se pudiese pensar que en dos culturas dispares se encuentra algo que se casa con lo otro de tal modo a generar harmonía. Comprendes de ese modo, que tu juicio preliminar está condicionado por un contexto cultural donde la banalización intenta ahuyentar la reflexión artística por lo que la simplicidad tiende a generar crítica aunque no tenga nada que ver con lo que determina los espacios culturales de otros lugares.
Es necesario incluso cambiar de perspectiva para poder enjuiciar un contexto de modo adecuado y se pudiese decir que llegas a un resultado convincente cuando disciernes elementos que casan problemáticas ajenas con aquellas más locales.
Supongo que un artista universal es el que trasciende sus fronteras de por la tenacidad de la problemática que termina por apelar a muchos más inconscientes que a aquellos delimitados por unas fronteras y un modo de entender en su particularidad.
Y volvemos al mismo tema de siempre no sea nada más que porque Viteri hizo unos garabatos a rasgos infantilistas últimamente como si quisiera reflejar un modo de entender la inocencia. A mi me parece desfasado cuando un adulto se escapa hacia la infancia buscando un refugio que en el fondo no es nada más que un modo de evadir responsabilidades. Este intento me hizo mucha gracia aunque era exactamente más o menos igual que todos los demás pero eso se debía probablemente al contexto. No el que fuese igual que los demás sino el que me hiciese gracia.
Lo que hace la inocencia de la infancia en ningún caso refleja la inocencia del adulto, pero quizá el único modo de terminar por decir la inocencia del adulto sea intentando recordar aquella de la infancia. Si hubiera habido. Yo tenía 37 años cuando me senté en un columpio en un parque, y brillaba el sol y el cielo estaba azul y me dije que se estaba muy bien así, pero que precisamente eso, yo no lo conocía de entonces. La inocencia del adulto se recupera poniendo las cosas en su sitio, y esas cosas son los conceptos.
Perdemos la inocencia porque hacemos lo que sabemos es malo. Eso de que sabemos es un poco ilusorio, pero creemos que lo sabemos y sin embargo lo hacemos, y con cada uno de esos pensamientos transgresores nos hundimos cada vez más en un pesado sentimiento de culpa más o menos asumida que llamamos incluso responsabilidad, somos así de necios, hasta que un día realmente se nos hace horrorosamente pesado y hasta nos ciega la conciencia y nos tenemos que obligar a pensar en algún antes donde todo eso aun no era. Y claro. Cómo lo recuperas.
Empiezas malignamente justificando todas las maldades que has hecho, diciendo que era absolutamente necesario hacerlas porque la vida es así, pero eso no le quita ni una jota a la mala conciencia. Aunque te sientes mejor porque ya no hay un juez universal dictando dictamen sino un asumir plácidamente su propia existencia dentro de su general incomprensión. Después empiezas a preguntarte que por qué eso sería tan malo y finalmente, por qué, si no es malo, te parece malo, y al final qué es lo malo en si y de por si para poder realmente juzgar sobre los hechos de modo objetivo y contundente.
España está hecha de cielos poblados de angelitos separados por una fina línea recordando los cielos de Toledo del Greco de unos inmensos espacios muy turbios que se cubren con velos negros. Además, de esas cosas no se habla.
Qué pasa cuando esta España se incrusta en otros siglos y se casa con modos de ver tan naturales que lo malo en el fondo, fondo, es solo una representación de algo irreal que aparece a la conciencia y que hay que combatir con todas sus fuerzas? Entonces puedes afirmar casi perentoriamente que el desnudo es natural.
Claro. Pero los gatos no llevan botas, insinúa España de nuevo, como si el mero hecho de vestirse hiciera de un ser humano un ente desprovisto de impulsos más biológicos. Entonces? Se puede llevar capa y aun pretender a una gestión adecuada de los más terrenales impulsos? Y eso sin olvidar los angelitos.
Solo si te pones traje de torero. Y no le limas los cuernos al toro. Es decir, solo cuando la realidad se ha vuelto un símbolo de otra cosa que tiene más valor que la realidad tangible.
Atrévete, dijo Schiller. La verdad es una estatua desnuda cuya mera visión te aterra. Lo desnudo es lo crudo, incluso lo sincero y lo llano, y debiera saber mostrarse. Es igual que la sangre del toro, en el fondo, y los hay a los que espanta.
Yo, que solo me desnudo para ducharme, siempre contemplo el desnudo con mucha ironía. Lógicamente. Le quita la evidencia a la seducción. Es, sin embargo, muy distinto al intento de reducir al ser humano a una mera masa de nervios y células guiada por impulsos que no determinamos. Sinceramente, yo soy el símbolo de mi misma, es todo lo que le acuerdo a la realidad carnal, y ni el pensamiento debe extralimitarse, ni su símbolo invadirlo. Yo. Lo que no dice nada sobre otros, sino solo sobre la perspectiva desde donde se enjuicia algo.
Quizá no podamos decir gran cosa sobre la inocencia de otros aunque bien podemos definir aquella con la que apreciamos a otros. Dentro de todo, prefiero la posibilidad de que lo natural obligue a considerar el cómo se piensa o se gestiona dentro de esferas más intelectualizadas que el omitir el hecho, o de reducir la existencia a pretender decir a escondidas lo que consideramos de todos modos, sucio. Porque si no es sucio, por qué lo escondemos para hacer de ello entre líneas un golpe que nos recuerde lo que pensamos ser la realidad misma? O sea que afirmamos que es sucio y aun y con ello lo divulgamos. Desde tú perspectiva. Desde la mía, lo sucio se encuentra nada más que en tu propia mirada.
Los caminos del hombre son largos y tortuosos. Cuando los determina el ‘qué dirán’ no solemos llegar muy lejos. El ‘qué dirán’ se formaliza en los maestros, las escuelas, los rangos y las medallas. Cuando nos damos precio a nosotros mismos, no existe ya prácticamente el ‘qué dirán’ aunque extrañamente también, desaparece el mundo. Porque no nos da precio, o sea, no nos valora, es decir, no nos considera: simple respuesta a nuestra indiferencia al qué dijeran.
La inocencia del hombre está en el equilibrio que se establece entre la conciencia de lo que valemos y el modo de hacerlo reconocer por otros. Es siempre lo mismo. Te aman porque vales o porque sabes reconocer a quien te ama? Cuando solo vales, se pierde la inocencia de la necesidad del lazo que se crea con quien lo sabe en lo que es, y es extraño, pero sin esta necesidad, no hay fronteras y sin fronteras se pierde el espacio, y sin espacio, dejamos de ser. O sea que recurrimos a estratagemas.
No, es que no me molestan los hombres. Lo que molesta es que no haya. Y dentro de ello Viteri aun abre cierto resquicio a la esperanza, aunque sea de modo figurado. No hay nada peor que pretender a hombre y no serlo. Quizá el hombre empieza a decirse en el momento en que se autovalora. Empieza. Luego debiera seguir algún resto. Pero ya es algo, y como dicen en España, a falta de pan buenas son tortas.
de: http://webbook.wordpress.com/2009/09/25/oswaldo-viteri-la-autoafirmacion-del-valor/
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